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| -TERTULIAS- | ||||||||
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Sus alfombras, al igual que los
muebles siempre estaban impecables. Doña Emancipación, una de las visitas,
se llamaba así, porque su padre un arriero analfabeto copió el nombre
de un almanaque, cuando esta naciera, tomó la palabra. No obstante, junto a la otra mujer, se miraron asombradas por lo que acababan de escuchar. Ellas religiosas desde siempre, de confesión semanal, allegadas a la iglesia, y por ende al cura imputado, no podían dar crédito a las palabras de su amiga. Doña Enriqueta, siempre la más parca, dejó sus pensamientos truncos y permaneció en silencio, pero sí habló, la tercera, Doña Matilde: No puedo creer lo que estás diciendo, deben ser habladurías de un pueblo chico infierno grande como se suele decir en estos casos. Hizo una pausa, pensando que con estas palabras la había neutralizado a la insidiosa. Su "socia" en este tema, la miró con satisfacción por lo escuchado y asintió con la cabeza. Lejos de ello, la informante profundizó aún más sobre la noticia y agregó precisiones: "Los encontró el propio marido, que situación pobre hombre, ella y el cura son dos descarados, engañarlo en sus propios hocicos. Es que el cántaro va tanto a la fuente que al final chuqui chuqui", les disparó la acusadora. Si interpreto bien con lo que pretendés insinuar con eso del chuqui chuqui, al menos debo decirte que es una irreverencia de parte tuya hacia el sacerdote, todos sabemos de su entrega por la gente, él es un santo varón, que no hace más que rezar y preocuparse por la humanidad". Pretendió justificarlo la dueña de casa. ¡Ja!. Explotó Doña Emancipación, que se sentía defraudada porque sus amigas no le daban crédito a sus palabras, aunque en su interior se sentía glorificada porque sabía que les estaba propinando un duro golpe a las convicciones de las religiosas que tenía enfrente. Esos eran los momentos que más
necesitaba a Doña Celeste, ella en esta situación la hubiera apoyado
a rajatablas, porque tampoco era devota de los santos, menos de un
cura. Las dos mujeres, al unísono, se llevaron sus manos a la boca, exagerando los gestos, al escuchar semejante aseveración, sin poder evitar el disgusto que la situación les provocaba. Aunque Enriqueta sabía que las palabras de su amiga tenían algo de razón por experiencia propia, por ende permaneció en silencio. Armándose de paciencia y de la forma más serena Matilde, pedagógicamente, que por nada del mundo quería admitir el relato, trató de enfriar la situación: "Mirá Emancipación, lo mejor que podrías hacer, es volver a la iglesia, arrodillarte ante el sacerdote y pedile perdón por lo que acabás de decir". Fue peor el remedio que la enfermedad,
la aludida se sintió, aún, más atacada y le respondió con dureza:
"¡Ir a la iglesia yo, arrodillarme yo ante ese hombre por dios, si
hasta tendría miedo de que interpretara mal mi posición y pretendiera
obligarme a hacer cosas, que no he hecho desde que muriera mi esposo.
No querida no le pidas peras a los nogales!". Bramó enfurecida. Aunque
trastabilló con el refrán las mujeres ni se animaron a corregirla,
al verla tan enfadada. Pero observaron que una saliva, tipo baba,
le afloraba por la comisura de los labios. Es que al referirse a su
esposo el subconsciente la traicionó. Cosa que no pasó desapercibida
para Matilde: "Se te hace agua la boca seguramente te estarás acordando
de las felonías que te mandabas con tu marido en la cama, felonías
que bien conocí, cornuda perenne". Fue Doña Enriqueta, al ver que
la situación entre las dos mujeres se tornaba insostenible, la que
desvió el tema: "Porque no hacemos como los radicales y desensillamos
hasta que aclare o como los economistas modernos que nos han enterrado
en vida y dejemos que el mercado actúe y de paso iré a la cocina a
preparar la merienda". Concluyó. Esta, la más serena y atinada de
las tres reflexionó. "Me lo imaginaba desde siempre". Se puso de pie
y comenzó a andar en dirección del rayo luminoso. Así Emancipación comenzó los estudios
primarios en la escuela que estaba frente a la plaza principal. Sus
maestras se asombraban de la capacidad intelectual de la niña. "Tiene
un gran porvenir", decían. Cuando completó esos estudios, los padres no pudieron financiarle los cursos superiores y como muchas chicas y chicos de su condición, debió abandonarlos. Los profetas que le auguraban un futuro más que brillante no aparecieron más. Es así que su padre la colocó como sirvienta en casa de un hacendado, a quien le trasladaba el ganado. Ese matrimonio no había tenido hijos a pesar de todos los esfuerzos que hicieron. Sin proponérselo Asunción, con sus apenas 13 años, ya seguía los pasos de su, abrumada, madre por la situación que le tocaba vivir a su hija. No era lo que ella había soñado. La pareja que la había conchabado, enseguida repararon en las virtudes de la niña y más aún con el correr del tiempo, cuando advirtieron el afán que tenía por leer los libros de la biblioteca de la casa, rica en títulos, casi todos de autores clásicos, entonces le propusieron volver a los estudios, ella les respondió: "Ya estoy grande para regresar a la escuela" y no se habló más del tema. De todas maneras se supo granjear el cariño de sus empleadores, que veían en ella al hijo que no pudieron tener. Fue así que le solicitaron a los padres que le permitieran vivir con ellos, estos accedieron inmediatamente. Fue ubicada en una habitación que desde siempre esperaba la visita de un hijo. Costaba creer, por la forma que la vestían, y el trato casi familiar que le dispensaban que ella fuera una sirvienta. La suerte de Emancipación había cambiado y para bien, pero esta fue en aumento cuando sus tutores, diez años más tarde, convocaron a un sobrino, que vivía en otro pueblo para que se hiciera cargo de la administración de los campos, que ellos poseían. Este se instaló en la casa de la estancia. Al principio el trato entre los jóvenes era distante, pero al poco tiempo esta distancia se fue acortando y nació entre ellos una relación fluida. Así fue como él le contaba todas las aventuras que tenía los fines de semana con algunas damas en los bailes. Al principio a Asunción le gustaba este tipo de comentarios, pero con el tiempo comenzaron a molestarle, porque se sentía atraída por el sobrino de sus empleadores. Este no tardó en darse cuenta de la situación y comenzó, primero, por guardar silencio y luego a mostrarle otro tipo de atención. Reparó en la cálida mirada de la mujer y un día que le pidió un café, observó, al alejarse en su busca, la bien conformada silueta, que terminó por entusiasmarlo. La invitó a salir, Emancipación lo consultó con su madre postiza y ésta amén de decirle que aceptara la invitación. Veía con muy buenos ojos que los jóvenes se pusieran a noviar, porque consideraba que ya les había llegado el tiempo a ambos. Fueron a tomar un café a la principal confitería. Para los moradores del pueblo, al mostrarse de esta manera, se había formalizado la presentación en sociedad de la pareja y pasó a ser el comentario de todas las matronas. A partir de ese día a Emancipación se la empezó a considerar como la señorita Emancipación, para desilusión de muchas damitas de la sociedad pueblerina que de muy buenas ganas hubieran querido "cazar" a este buen partido. Es que la criada jugaba de local y todos sabemos lo importante que es la localía en estos partidos por "la copa". Casarse y tener dos hijos varones fue solo un trámite, la señorita Emancipación pasó a ser Doña Emancipación, apelativo que la acompañaría por siempre. Su marido fue perdiendo el pelo pero no las mañas, con el tiempo volvió a las correrías con otras mujeres y si eran ajenas mejor. Tuvo un romance, al margen de la pareja, que duró hasta su muerte, con la hija de un consignatario de hacienda, casada ella, que fue la comidilla del pueblo. Ella sabía que su marido lo engañaba, pero por nada del mundo destruiría su hogar y reputación. Le disgustaba la situación pero prefería seguir siendo la señora de. . . Experimentaba un profundo dolor, pero lo sabía sobrellevar. Una noche lluviosa en que su marido regresaba al campo conduciendo su camioneta, con unas cuantas copas de más, sufrió un vuelco espectacular que le costó la vida. En esas circunstancias conoció a Doña Celeste, una modista que comenzó a coserle los vestidos. Nació entre ellas una profunda amistad. Por imperios de las circunstancias había quedado sola, su hijo mayor había formado pareja y había reemplazado a su padre en las tareas del campo. Su hijo menor había emigrado a la capital a estudiar y decidió quedarse allí. Doña Celeste, en una oportunidad la invitó a tomar el té en unas tertulias que organizaba con otras dos clientas, y aprovechó el convite, a pesar que una de las integrantes, Matilde, fue la infiel amante de su esposo. Aunque de esto nunca se hablaría en el grupo. Ese jueves estaba excitada, tenía una noticia que conmovería y enojaría a sus amigas, circunstancia que la alegraba sobremanera. Por ende se la vio partir decidida hacia la reunión. Eso sí, lamentaba que Doña Celeste no pudiera acompañarla. Seguramente la iba a necesitar. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Matilde fue hija única. Nació en un hogar en donde la palabra privación no existía. Su padre era un acaudalado consignatario de vacunos y cereales. Su madre una brillante profesora de Francés en la escuela Nacional, única en el pueblo para obtener títulos secundarios. Su niñez y adolescencia fueron apacibles, transcurrieron en la mansión que sus progenitores tenían en el barrio coleto de la ciudad, un amplio chalé con parque y piscina incluida. A ésta los veranos concurrían sus amigas y amigos por lo que la convertía, en esa época, en una morada alegre y bulliciosa. Pero no siempre la felicidad es completa, su madre celaba en forma enfermiza a su padre. Este era un hombre de muy buen porte y moderno para vestir, sumado a su posición social, hacía que fuera observado por las mujeres con ojos más que insinuantes, detalle que no era ajeno para la esposa. Las discusiones fueron frecuentes y se transformaron en permanentes, situación molesta para la hija, porque quería tanto a uno como al otro y pensaba, con buen criterio, que el matrimonio de sus padres se iría al demonio en cualquier momento. Y así ocurrió. Una hija de un estanciero, tan joven como bella y sin escrúpulos, apenas unos años mayor que Matilde comenzó a llamarlo a la casa. Fue la gota que rebalsó el vaso, o mejor expresado: el diluvio que arrasó con todo. El padre abandonó la casa y se fue a vivir solo, pese a negar sistemáticamente esa relación. La madre se encerró en la mansión y en contadas ocasiones se la veía en la calle, salvo los domingos cuando iba a misa, costumbre que no resignó. También abandonó la cátedra. Matilde sufrió por la separación y perdió la alegría y su voluntad por hacer cosas, las reuniones de amigos, por lo pronto, fueron suspendidas. Se casó con un hombre de campo, luego de un corto noviazgo, más que por amor para abandonar la casa y comenzar una nueva vida. Se equivocó en la elección, las horas al lado de su marido se volvían tediosas, no tenían prácticamente tema de conversación, él solamente hablaba de caballos y de las carreras de los puro sangre, ella nada entendía. Por eso cuando fue asediada por un hombre, que, aunque casado, despertó en ella deseos y sensaciones que nunca había tenido con su pareja, ante la insistencia sucumbió, se entregó a sus brazos y conoció el placer de amar y ser amada. En esas circunstancias comenzó a comprender a su padre. Se alegraba de no haber tenido hijos y aunque con un romance clandestino, su vida había cobrado sentido. Tenía en algo en que pensar. No perdurraron por siempre sus amoríos, como era su deseo, porque su amante murió inesperadamente en un accidente, muchos planes que habían delineado para vivir en común quedaron truncos. Su marido que conocía esta relación, nada dijo pero se había volcado a la bebida y la cirrosis hizo el resto. Joven aún se encontró sola, se refugió en la amistad que le brindaba Doña Celeste, modista que le había presentado su amiga Enriqueta, y en las labores que desarrollaba en la iglesia, trabajando para los más necesitados. Doña Celeste le presentó a Doña Emancipación, "la legítima" de su amante, hubo afinidad entre ellas, pero nunca recibió un reproche por su indebida conducta. Las tertulias, de los jueves, en la casa de Doña Enriqueta se había institucionado, por eso, y para seguir con la tradición esa tarde se arreglaba para ir a tomar el té, a la casa de su amiga. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .Enriqueta, era la hija única de un martillero que se dedicaba a la compra y venta de propiedades. La reputación de su progenitor era excelente, la mayoría de compradores y vendedores del pueblo, recurrían a él para las transacciones inmobiliarias. Su madre una muy buena ama de casa, hija de un pintor de brocha gorda. Ambos se propusieron darle a su hija una instrucción superior, ya que su situación económica se los permitía. Además del negocio contaban con varias propiedades alquiladas que les posibilitaban vivir desahogados, que con el tiempo pasarían a manos de su hija. Con ese superior propósito la colocaron pupila en una escuela de monjas de mucho prestigio, en una ciudad vecina. Mucho dolor le produjo separarse
de sus padres, a pesar que todos los viernes, religiosamente, la iban
a buscar para que pasara el fin de semana con ellos. Cuando cursaba el segundo año de los estudios secundarios, pasó lo que inexorablemente debía pasar. Un viernes sus padres le avisaron que no irían a buscarla, le propusieron que regresara en colectivo, ella prefirió quedarse en el lugar en donde estudiaba. El sábado por la mañana recibió la visita de la Monjita, ésta se había alegrado mucho al enterarse de que no hubiera viajado. La invitó a concurrir a sus aposentos,
cosa que estaba prohibida por los estatutos del lugar, por la tarde,
cuando la Madre superiora se ausentara para ir a visitar a su familia.
Rito que cumplía, puntualmente, todos los fines de semana. El bao producido por el vapor del
agua que las envolvía, tornaba el momento mucho más sugestivo. La
profesora de dibujo, separó los brazos de su acompañante y la abrazó
sutilmente. Sus labios se apoyaron en el hombro desnudo de su inerte
amiga, no obstante, a pesar de esa inercia, notó que la piel, de ésta,
se erizaba, al percibir el contacto de sus labios. Sus manos, entonces,
al no encontrar resistencia comenzaron a friccionarles los pequeños
pero firmes senos. Escuchó entre la bruma un profundo suspiro de la
alumna, que solo atinó a cerrar los ojos y a dejarla hacer. Poco tiempo durmió sola en esta
sala, que estaba preparada para dos internas. Estos y otros acontecimientos recordaba Enriqueta mientras esperaba a sus amigas, para tomar el té y no pudo evitar, al evocar a Doña Celeste, que dos lágrimas escaparan de sus ojos. Observó el viejo almanaque y se preguntó: "¿Por qué no lo habré tirado si ya pasaron seis años desde que lo colgué?". . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Celeste no tuvo una infancia feliz. Hija de una mucama nunca supo a ciencia cierta quien fue su padre, hasta que su madre en el lecho de muerte se lo confesara. Su padre fue el hacendado que la tenía como empleada a su bella madre, pero nunca la reconoció. Hombre casado e integrante de las altas esferas de la sociedad, prefirió mantener oculto esta relación para evitar el escándalo, no obstante siempre se preocupó por ella. Haciéndola estudiar en la mejor escuela del pueblo y luego mandándola pupila a un instituto de Monjas. Ahí aprendió, lo que luego sería su profesión, la costura y confección de vestidos. Al enfermar su madre su padre quiso
asegurarle su futuro y a su pedido le compró una casa en el Pueblo
que vivía Enriqueta que ella conocía bien por que ésta, muchas veces,
la invitó a pasar los fines de semana cuando eran estudiantes. Todo comenzó una noche de un frío mes de junio, cuando luego de cenar y acostadas ya, le dijo a su compañera que experimentaba escalofríos. Esta se incorporó y se metió en la pequeña cama junto a ella. La tomó de la cintura y la abrazó: "Ahora se te pasará", le susurró. Los pezones punzantes de Enriqueta se aplastaban contra la espalda de Celeste, que sentía como las manos de su "visitante", recorrían sus muslos, luego sus caderas y por último sus senos. Experimentaba una sensación ambigua, entre el rechazo y la aceptación. Pero cuando Enriqueta se quitó el camisón y le sacó el suyo, las carnes aterciopeladas, ahora calientes, se rozaron suavemente y fue en ese momento cuando perdió el control. Experimentó por primera vez una excitación que no le era conocida. Instintivamente apoyó su ano sobre la generosa cavidad que le ofrecía su amiga y sintió que sus ovarios se inundaban con ese jugo que genera el placer. Enriqueta la dio vuelta y sus cuerpos quedaron enfrentados. Sus labios se buscaron y se rozaron,
luego las lenguas jugaron en el patio de la lujuria. Las piernas se
entrelazaron, el contacto suave, primero, se tornó más salvaje, el
choque de los cuerpos, al encontrarse, fue intenso, los orgasmos se
sucedieron en cadena, tanto en una como en la otra. Permaneció pensativa, por que repiqueteaban en sus oídos el comentario referido a la Monjita. Ya se lo preguntaría. La relación perduró lo que su vida. Fue ella la encargada de organizar las tertulias de amigas, se sentía complacida con sus amistades, pero la vida para ella no había sido fácil, tarde comprendió que el amor que experimentaba por Enriqueta no podía dar frutos. Tener hijos fueron sus deseos frustrados y comprendió que la vida así no tenía ningún sentido. Seguir en ella era vegetar y esperar la muerte. Por eso fue a la farmacia, un día cualquiera y compró los tranquilizantes y ya no la esperó a la muerte, fue en su busca. Ese jueves, desde su morada eterna, Doña Celeste decidió regresar. "Tengo muchas cosas de que hablar con mis amigas", reflexionó. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Superadas del susto que le produjo la llegada intempestiva de Doña Celeste enmarcada en el rayo de luz fosforescente, fue Doña Enriiqueta, que regresaba de la cocina, la primera en hablar. "¿Qué hacés aquí, o acaso no estás muerta?. Seguro que lo estoy y Ustedes ¿qué?. O piensan que siguen vivas. Están tan muertas como yo". Las mujeres se miraron asombradas ante la revelación de la aparecida. Emancipación que había avanzado unos pasos se detuvo, las tres se acercaron y trataron de tocarse y comprobaron que no lo podían hacer. Observaron que los manteles ya no eran tan blancos y que los cortinados no relucían como siempre y que el cuadro acumulaba polvo en demasía. Las alfombras lucían húmedas y deshilachadas por el paso del tiempo. "Podemos admitir que tengas razón, pero entonces, ¿a qué has venido?". Le preguntó curiosa Doña Matilde. "Yo fui la iniciadora de estas tertulias y como hoy será la última reunión, me pareció bien venir y decirles algunas cosas y sobre todo efectuar una autocrítica a nuestra relación, dominada por la hipocresía". "¿De qué hipocresías hablás si nuestra amistad fue sincera?". Le preguntó en tono de reproche Doña Enriqueta, más que molesta. "Ya que hablaste comenzaré por ti, por nosotras. Nunca le comentamos a ellas de nuestra relación, que se inició en el instituto, debajo de las frazadas un día de frío, que continuamos en este pueblo y que organizamos las tertulias, para disimular nuestros encuentros. Que vos me iniciaste, luego de la experiencia que viviste con la Monjita. Que nuestro mayor divertimento consistía en entreternernos con esos "aparatitos" sexuales que guardabas bajo llave en el mueble de tu habitación". Las otras dos mujeres no podían creer lo que estaban escuchando. Doña Matilde se recompuso para decirle: "No puedo creer que nos hayan ocultado esta relación espuria y anticristiana, menos vos Enriqueta, que siempre te deposité toda mi confianza". "Mirá querida", la atajó la recién llegada, "esta relación fue del mismo signo de la que tu padre mantuvo con la jovencita que destruyó tu hogar y la que vos mantuviste con el marido de Emancipación y de la que nunca se habló aquí. Aunque ambas lo sabían". Doña Emancipación intentó hablar, pero Doña Celeste la contuvo: "Vos también tenés tu cuota de inscripción paga al club de las hipócritas. No fuiste capaz de encararlo a tu marido y ponerlo "patitas" en la calle por sus reiterados engaños. Le toleraste todo para mantener una posición en esta podrida sociedad pueblerina. Naciste pobre y moriste pobre en dignidad, eso fue lo peor. Lo primero fue congénito, lo segundo adquirido". "¿ Y vos no tenés de que arrepentirte?". Le espetó, interrumpiéndola, casi indignada Enriqueta. "De todo". Resumió Doña Celeste. "!Quiero precisiones! Le dijo casi a los gritos Doña Matilde, que no toleraba la irrupción inesperada de doña Celeste. Con voz calma la aludida le respondió: "Desde chica, pretendí formar un hogar y una familia, que nunca tuve, una legítima aspiración que les oculté. Mi madre fue sirvienta y yo hija natural del estanciero que la empleaba, nunca reconocida. Conocí el amor en brazos de Enriqueta y lo mantuve en el tiempo. Tarde me di cuenta, como dice el tango, que no daría frutos. Cuando me percaté que mi vida no tenía sentido, terminé con ella. Mi muerte no fue natural, fue planificada, compré unos tranquilizantes y tres meses después los ingerí y mi muerte pareció normal. Yo fui fundadora de estas tertulias y ahora las clausuro, me iré y ustedes harán lo propio y alguien sabrá si alguna vez nos volveremos a encontrar". "¡Sí!, Dios lo sabe". Gritaron al unísono Doña Enriqueta y Doña Matilde, fieles a su creencia. Por respuesta obtuvieron una sonora carcajada de Doña Celeste, que antes de partir les dijo: "Ustedes ni de muertas cambian". La sala volvió a quedar en soledad y en penumbras, como ocurría desde el fallecimiento de Doña Enriqueta, acaecido seis años antes. La puerta principal comenzó a abrirse lentamente, ingresó un grupo de tres personas. Una dama de unos cuarenta años oficiaba de "guía" y llevaba la voz cantante, los otros dos, una pareja la escuchaban con atención: "Aquí vivió mi tía solterona, a quien traté muy poco. Murió hace seis años. En esta casa eran tradicionales las reuniones que, religiosamente, todos los jueves hacía con sus amigas. Dicen las matronas, que a pesar de estar todas muertas se seguían reuniendo. Cuentos de fantasmas de un pueblo chico, hoy casualmente es jueves y ya ven no están". El matrimonio, que pretendía comprar la vivienda, sin responderle, se dirigió a observar el viejo cuadro, que colgaba en la pared. A la sobrina de Doña Enriqueta le pareció escuchar como un zumbido que provenía de la cocina. Hacia allí fue. Casi pega un grito cuando observó que en una hornalla de la cocina una pava, arrojando vapor por el pico, era la causante del ruido que había concitado su atención. Sin pensarlo la retiró y la apoyó sobre la mesada. A un costado de ésta había una bandeja con tres tazas listas para preparar el té, con los saquitos incluidos. Una fría transpiración le corrió por la frente, se la secó con la manga de su blusa y resueltamente tomó la bandeja y la guardó en una alacena. Estupefacta, por lo que acababa de ver, decidió regresar, no sin antes mirar hacia el patio, estaba todo en orden. Cerró fuerte la puerta de la cocina y fue hacia los compradores, que ahora observaban a través de la ventana el limonero. "Que se arreglen ellos", pensó y comenzó a hablarles nuevamente. El almanaque que colgaba de la pared, en un rincón, se cayó. Los tres se sobresaltaron por ese motivo, girando sus cabezas hacia ese lugar, pero siguieron en lo suyo. JULIO CESAR QUEREJETA. Mayo
de 2003 |
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| -EL TRANVIA DE LA SEIS- | ||||||||
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JULIO CESAR QUEREJETA |
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| -CAMALOTAGE- | ||||||||
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-Abuelo, ¿qué
son esas plantas que flotan en la superficie del río?. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Cuando firmamos una póliza de seguros, rara vez leemos su contenido, en especial el que viene en letra chica. Nos quedamos con los argumentos del vendedor y los damos por ciertos. Después a la hora del siniestro vendrán las sorpresas, por conducirnos de esa apresurada manera. Otro tanto ocurre con los contratos de la medicina pre-paga, que a la hora de la verdad , siempre nos exigen pagos extras. Cuando del exterior llegan palabras elogiosas de las instituciones crediticias, barata liturgia que sin embargo embriaga a nuestros funcionarios, creemos haber tocado el cielo con la planta de los pies y no tomamos conciencia, que cuando ellos están contentos, nuestra población no puede compartir ese jolgorio, más bien debe sufrirlo. Siempre sería bueno saber que esconden tantas rimbombantes palabras, antes de festejar. Cuando los gremialistas luego de un paro, que ellos siempre consideran exitoso, se manifiestan en cuanto micrófono les acercan, con entusiastas enunciados, alegando que todo lo que ellos hacen es para mejorar la condición social de los asalariados, generalmente están faltando a la verdad. Los que sabemos leer abajo del agua y sin gafas, entendemos que se están justificando, ellos sólo pretenden mantener sus privilegios, con el viejo y nunca abandonado sistema, nunca revelado, que los otros pueden esperar. En cada oportunidad
que un ministro de economía, nos "ladra" anunciando pomposamente que
este será el último ajuste o impuestazo, estas palabras nos suenan como
bellas y peligrosas flores, que aconsejamos no arrancar y menos aún
colocarlas en nuestros floreros. La prevención, de la que nos hablaba el abuelo en la fábula del comienzo, debe ser siempre tenida en cuenta en la coteneidad de nuestras existencias. No debemos permitir más, que nos metan gatos por liebres. Ya una vez les cambiamos nuestras riquezas por unos espejitos de colores. Exijamos letras
bien grandes y si fuera posible, con luces de neón. JULIO CÉSAR QUEREJETA |
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| -ARBOLES- | ||||||||
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No habrá más tiempo, por largo
que parezca el recorrido, siempre nos resultará escaso. Muchísimas
cosas nos quedarán pendientes, pero nos sentiremos conformes, si al
menos pudimos llevar a buen puerto, con hidalguía, algunas de aquellas
que intentamos. Son máximas, pero mínimas a seguir si no pretendemos convertirnos en pequeñas e insignificantes partículas de polvo. Que nadie se engañe: por siempre, aunque tarde, el mal será vencido por el bien; la intolerancia por el amor; la hipocresía por la verdad; el egoísmo por la solidaridad, la injusticia por la justicia y la codicia de unos pocos poderosos por la sana distribución. A no equivocarse, no sólo en las
películas triunfan los buenos, aunque en la vida real, a veces, los
efectos se mimeticen y los resultados deseados tarden en llegar. JULIO CESAR QUEREJETA / 6 de junio de 2002. |
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