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-TERTULIAS-


Las tres mujeres, número que era habitual desde la imprevista muerte de Doña Celeste, estaban reunidas, ese jueves, en la casa de Doña Enriqueta, casa por demás paqueta y punto obligado de los encuentros.

Sus alfombras, al igual que los muebles siempre estaban impecables.
El pulcro mantel que cubría la mesa principal del comedor, de fino hilado bordado, como los utensilios de porcelana que la dueña de casa utilizaba para servir el té, eran herencia de sus padres.
Los cortinados del amplio ventanal que daban a un patio lateral lleno de flores y en el centro una planta de limones, mostraban una blancura como si estuvieran confeccionados con copos de nieve.

Doña Emancipación, una de las visitas, se llamaba así, porque su padre un arriero analfabeto copió el nombre de un almanaque, cuando esta naciera, tomó la palabra.
Lo primero que les dijo fue que estaba muy contenta porque por fin había descansado luego de una fructífera siesta. "¿Saben una cosa?", Les preguntó, y a continuación, sin que sus acompañantes le respondieran, comenzó a hablar.
"Encontraron al cura en su coche, con una dama de la sociedad de beneficencia, en un camino vecinal en una situación mucho más que comprometida".
"Ahora sé porque está tan contenta esta pecadora penitente, no es por la siesta sino por las noticias que nos trae", esto lo pensó la anfitriona aunque se cuidó de expresarlo.

No obstante, junto a la otra mujer, se miraron asombradas por lo que acababan de escuchar. Ellas religiosas desde siempre, de confesión semanal, allegadas a la iglesia, y por ende al cura imputado, no podían dar crédito a las palabras de su amiga.

Doña Enriqueta, siempre la más parca, dejó sus pensamientos truncos y permaneció en silencio, pero sí habló, la tercera, Doña Matilde: No puedo creer lo que estás diciendo, deben ser habladurías de un pueblo chico infierno grande como se suele decir en estos casos. Hizo una pausa, pensando que con estas palabras la había neutralizado a la insidiosa.

Su "socia" en este tema, la miró con satisfacción por lo escuchado y asintió con la cabeza. Lejos de ello, la informante profundizó aún más sobre la noticia y agregó precisiones: "Los encontró el propio marido, que situación pobre hombre, ella y el cura son dos descarados, engañarlo en sus propios hocicos.

Es que el cántaro va tanto a la fuente que al final chuqui chuqui", les disparó la acusadora. Si interpreto bien con lo que pretendés insinuar con eso del chuqui chuqui, al menos debo decirte que es una irreverencia de parte tuya hacia el sacerdote, todos sabemos de su entrega por la gente, él es un santo varón, que no hace más que rezar y preocuparse por la humanidad". Pretendió justificarlo la dueña de casa. ¡Ja!. Explotó Doña Emancipación, que se sentía defraudada porque sus amigas no le daban crédito a sus palabras, aunque en su interior se sentía glorificada porque sabía que les estaba propinando un duro golpe a las convicciones de las religiosas que tenía enfrente.

Esos eran los momentos que más necesitaba a Doña Celeste, ella en esta situación la hubiera apoyado a rajatablas, porque tampoco era devota de los santos, menos de un cura.
A pesar de estar sola en la partida no se amilanó y persistió en el ataque, invocando a la ausente para que la asista en esta difícil jugada: "Ahora lo llaman irreverencia, bien que se la estaba fornicando y según mi informante la tenía boca abajo, recordando seguramente sus buenos años de seminarista.
Santo varón, eso si te lo reconozco y como todo varón tiene debajo de la sotana todos sus atributos bien puestos y no tan intactos como predican. La tentación de la carne y el acoso al que se vio sometido por la infiel hizo el resto".

Las dos mujeres, al unísono, se llevaron sus manos a la boca, exagerando los gestos, al escuchar semejante aseveración, sin poder evitar el disgusto que la situación les provocaba. Aunque Enriqueta sabía que las palabras de su amiga tenían algo de razón por experiencia propia, por ende permaneció en silencio. Armándose de paciencia y de la forma más serena Matilde, pedagógicamente, que por nada del mundo quería admitir el relato, trató de enfriar la situación: "Mirá Emancipación, lo mejor que podrías hacer, es volver a la iglesia, arrodillarte ante el sacerdote y pedile perdón por lo que acabás de decir".

Fue peor el remedio que la enfermedad, la aludida se sintió, aún, más atacada y le respondió con dureza: "¡Ir a la iglesia yo, arrodillarme yo ante ese hombre por dios, si hasta tendría miedo de que interpretara mal mi posición y pretendiera obligarme a hacer cosas, que no he hecho desde que muriera mi esposo. No querida no le pidas peras a los nogales!". Bramó enfurecida. Aunque trastabilló con el refrán las mujeres ni se animaron a corregirla, al verla tan enfadada. Pero observaron que una saliva, tipo baba, le afloraba por la comisura de los labios. Es que al referirse a su esposo el subconsciente la traicionó. Cosa que no pasó desapercibida para Matilde: "Se te hace agua la boca seguramente te estarás acordando de las felonías que te mandabas con tu marido en la cama, felonías que bien conocí, cornuda perenne".
Pensó enrostrárselo pero nada dijo, es que no quería volver a revivir viejas historias ya superadas.

Fue Doña Enriqueta, al ver que la situación entre las dos mujeres se tornaba insostenible, la que desvió el tema: "Porque no hacemos como los radicales y desensillamos hasta que aclare o como los economistas modernos que nos han enterrado en vida y dejemos que el mercado actúe y de paso iré a la cocina a preparar la merienda". Concluyó.
Las dos mujeres se miraron pero nada respondieron. Tanto una como la otra se sentían mutuamente ofendidas por la discusión mantenida. Doña Matilde tomó una vieja revista y comenzó a leerla y Doña Emancipación, miraba o hacía que miraba en varias direcciones sin observar nada. En eso estaban, cuando en instantes la sala se oscureció, los cortinados comenzaron a volar por una corriente de aire que las presentes no se explicaban de donde venía.
De pronto, traspasando una de las paredes, apareció un halo luminoso, como si se tratara de un rayo láser. Doña Enriqueta volvió, luego de haber colocado en el fuego la pava para calentar el agua, atraída por los acontecimientos. Al percibir lo que sucedía exclamó: "¡Acá, algo anda mal!". "Debe ser la maldición de los dioses por tanto pecado", añadió Matilde mirando a Asunción, responsabilizándola por su conducta anticlerical.

Esta, la más serena y atinada de las tres reflexionó. "Me lo imaginaba desde siempre". Se puso de pie y comenzó a andar en dirección del rayo luminoso.
Más tarde la puerta principal de la casa se abría lentamente. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Emancipación había nacido en un hogar muy pobre en la zona de la feria ganadera.
Su padre analfabeto era arriero, afecto al vino y a los cigarrillos negros. Su madre trabajaba por horas en los hogares pudientes del centro. Su humilde casa de ladrillos, sin revoque con techos de chapas en muy mal estado, con goteras que hacía que los días de lluvia hubiera que correr los pocos muebles que poseían para que no se mojaran y colocaban baldes, que alguna vez habían contenido pinturas, para que no se "estropeara" el piso de tierra, estaba ubicada en las periferias del pueblo. La madre se había juramentado que a su hija no le iba a faltar instrucción, la mandaría al colegio, como hacían las mujeres de las casas en la que ella trabajaba, con sus hijas, para que no tenga que pasar las mismas peripecias que ella. La prepararía para la vida de una forma muy diferente.

Así Emancipación comenzó los estudios primarios en la escuela que estaba frente a la plaza principal. Sus maestras se asombraban de la capacidad intelectual de la niña. "Tiene un gran porvenir", decían.
Pero el mundo está lleno de buenas intenciones, que no terminan más que en eso, en buenas intenciones.

Cuando completó esos estudios, los padres no pudieron financiarle los cursos superiores y como muchas chicas y chicos de su condición, debió abandonarlos. Los profetas que le auguraban un futuro más que brillante no aparecieron más. Es así que su padre la colocó como sirvienta en casa de un hacendado, a quien le trasladaba el ganado. Ese matrimonio no había tenido hijos a pesar de todos los esfuerzos que hicieron. Sin proponérselo Asunción, con sus apenas 13 años, ya seguía los pasos de su, abrumada, madre por la situación que le tocaba vivir a su hija. No era lo que ella había soñado. La pareja que la había conchabado, enseguida repararon en las virtudes de la niña y más aún con el correr del tiempo, cuando advirtieron el afán que tenía por leer los libros de la biblioteca de la casa, rica en títulos, casi todos de autores clásicos, entonces le propusieron volver a los estudios, ella les respondió: "Ya estoy grande para regresar a la escuela" y no se habló más del tema.

De todas maneras se supo granjear el cariño de sus empleadores, que veían en ella al hijo que no pudieron tener. Fue así que le solicitaron a los padres que le permitieran vivir con ellos, estos accedieron inmediatamente. Fue ubicada en una habitación que desde siempre esperaba la visita de un hijo. Costaba creer, por la forma que la vestían, y el trato casi familiar que le dispensaban que ella fuera una sirvienta. La suerte de Emancipación había cambiado y para bien, pero esta fue en aumento cuando sus tutores, diez años más tarde, convocaron a un sobrino, que vivía en otro pueblo para que se hiciera cargo de la administración de los campos, que ellos poseían. Este se instaló en la casa de la estancia. Al principio el trato entre los jóvenes era distante, pero al poco tiempo esta distancia se fue acortando y nació entre ellos una relación fluida. Así fue como él le contaba todas las aventuras que tenía los fines de semana con algunas damas en los bailes. Al principio a Asunción le gustaba este tipo de comentarios, pero con el tiempo comenzaron a molestarle, porque se sentía atraída por el sobrino de sus empleadores. Este no tardó en darse cuenta de la situación y comenzó, primero, por guardar silencio y luego a mostrarle otro tipo de atención. Reparó en la cálida mirada de la mujer y un día que le pidió un café, observó, al alejarse en su busca, la bien conformada silueta, que terminó por entusiasmarlo.

La invitó a salir, Emancipación lo consultó con su madre postiza y ésta amén de decirle que aceptara la invitación. Veía con muy buenos ojos que los jóvenes se pusieran a noviar, porque consideraba que ya les había llegado el tiempo a ambos. Fueron a tomar un café a la principal confitería. Para los moradores del pueblo, al mostrarse de esta manera, se había formalizado la presentación en sociedad de la pareja y pasó a ser el comentario de todas las matronas. A partir de ese día a Emancipación se la empezó a considerar como la señorita Emancipación, para desilusión de muchas damitas de la sociedad pueblerina que de muy buenas ganas hubieran querido "cazar" a este buen partido. Es que la criada jugaba de local y todos sabemos lo importante que es la localía en estos partidos por "la copa". Casarse y tener dos hijos varones fue solo un trámite, la señorita Emancipación pasó a ser Doña Emancipación, apelativo que la acompañaría por siempre. Su marido fue perdiendo el pelo pero no las mañas, con el tiempo volvió a las correrías con otras mujeres y si eran ajenas mejor. Tuvo un romance, al margen de la pareja, que duró hasta su muerte, con la hija de un consignatario de hacienda, casada ella, que fue la comidilla del pueblo. Ella sabía que su marido lo engañaba, pero por nada del mundo destruiría su hogar y reputación. Le disgustaba la situación pero prefería seguir siendo la señora de. . . Experimentaba un profundo dolor, pero lo sabía sobrellevar. Una noche lluviosa en que su marido regresaba al campo conduciendo su camioneta, con unas cuantas copas de más, sufrió un vuelco espectacular que le costó la vida.

En esas circunstancias conoció a Doña Celeste, una modista que comenzó a coserle los vestidos. Nació entre ellas una profunda amistad. Por imperios de las circunstancias había quedado sola, su hijo mayor había formado pareja y había reemplazado a su padre en las tareas del campo. Su hijo menor había emigrado a la capital a estudiar y decidió quedarse allí. Doña Celeste, en una oportunidad la invitó a tomar el té en unas tertulias que organizaba con otras dos clientas, y aprovechó el convite, a pesar que una de las integrantes, Matilde, fue la infiel amante de su esposo. Aunque de esto nunca se hablaría en el grupo. Ese jueves estaba excitada, tenía una noticia que conmovería y enojaría a sus amigas, circunstancia que la alegraba sobremanera. Por ende se la vio partir decidida hacia la reunión.

Eso sí, lamentaba que Doña Celeste no pudiera acompañarla. Seguramente la iba a necesitar. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Matilde fue hija única.

Nació en un hogar en donde la palabra privación no existía. Su padre era un acaudalado consignatario de vacunos y cereales. Su madre una brillante profesora de Francés en la escuela Nacional, única en el pueblo para obtener títulos secundarios. Su niñez y adolescencia fueron apacibles, transcurrieron en la mansión que sus progenitores tenían en el barrio coleto de la ciudad, un amplio chalé con parque y piscina incluida. A ésta los veranos concurrían sus amigas y amigos por lo que la convertía, en esa época, en una morada alegre y bulliciosa. Pero no siempre la felicidad es completa, su madre celaba en forma enfermiza a su padre. Este era un hombre de muy buen porte y moderno para vestir, sumado a su posición social, hacía que fuera observado por las mujeres con ojos más que insinuantes, detalle que no era ajeno para la esposa. Las discusiones fueron frecuentes y se transformaron en permanentes, situación molesta para la hija, porque quería tanto a uno como al otro y pensaba, con buen criterio, que el matrimonio de sus padres se iría al demonio en cualquier momento. Y así ocurrió. Una hija de un estanciero, tan joven como bella y sin escrúpulos, apenas unos años mayor que Matilde comenzó a llamarlo a la casa. Fue la gota que rebalsó el vaso, o mejor expresado: el diluvio que arrasó con todo. El padre abandonó la casa y se fue a vivir solo, pese a negar sistemáticamente esa relación. La madre se encerró en la mansión y en contadas ocasiones se la veía en la calle, salvo los domingos cuando iba a misa, costumbre que no resignó. También abandonó la cátedra. Matilde sufrió por la separación y perdió la alegría y su voluntad por hacer cosas, las reuniones de amigos, por lo pronto, fueron suspendidas.

Se casó con un hombre de campo, luego de un corto noviazgo, más que por amor para abandonar la casa y comenzar una nueva vida. Se equivocó en la elección, las horas al lado de su marido se volvían tediosas, no tenían prácticamente tema de conversación, él solamente hablaba de caballos y de las carreras de los puro sangre, ella nada entendía. Por eso cuando fue asediada por un hombre, que, aunque casado, despertó en ella deseos y sensaciones que nunca había tenido con su pareja, ante la insistencia sucumbió, se entregó a sus brazos y conoció el placer de amar y ser amada.

En esas circunstancias comenzó a comprender a su padre. Se alegraba de no haber tenido hijos y aunque con un romance clandestino, su vida había cobrado sentido. Tenía en algo en que pensar. No perdurraron por siempre sus amoríos, como era su deseo, porque su amante murió inesperadamente en un accidente, muchos planes que habían delineado para vivir en común quedaron truncos. Su marido que conocía esta relación, nada dijo pero se había volcado a la bebida y la cirrosis hizo el resto. Joven aún se encontró sola, se refugió en la amistad que le brindaba Doña Celeste, modista que le había presentado su amiga Enriqueta, y en las labores que desarrollaba en la iglesia, trabajando para los más necesitados.

Doña Celeste le presentó a Doña Emancipación, "la legítima" de su amante, hubo afinidad entre ellas, pero nunca recibió un reproche por su indebida conducta. Las tertulias, de los jueves, en la casa de Doña Enriqueta se había institucionado, por eso, y para seguir con la tradición esa tarde se arreglaba para ir a tomar el té, a la casa de su amiga. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .Enriqueta, era la hija única de un martillero que se dedicaba a la compra y venta de propiedades. La reputación de su progenitor era excelente, la mayoría de compradores y vendedores del pueblo, recurrían a él para las transacciones inmobiliarias. Su madre una muy buena ama de casa, hija de un pintor de brocha gorda. Ambos se propusieron darle a su hija una instrucción superior, ya que su situación económica se los permitía. Además del negocio contaban con varias propiedades alquiladas que les posibilitaban vivir desahogados, que con el tiempo pasarían a manos de su hija. Con ese superior propósito la colocaron pupila en una escuela de monjas de mucho prestigio, en una ciudad vecina.

Mucho dolor le produjo separarse de sus padres, a pesar que todos los viernes, religiosamente, la iban a buscar para que pasara el fin de semana con ellos.
Pero con el tiempo se fue acostumbrando y no extrañaba tanto a su casa.
En ese instituto abrazó con fuerza los preceptos religiosos que le inculcaron y que nunca abandonaría más allá que algunas transgresiones la hicieran dudar. Una Monjita con no más de veinte años, fue quien más influyó en ella, formándola o deformándola según se entienda. Fue su profesora de dibujo en el último curso de la primaria y ni bien se conocieron nació entre ellas una cálida relación.

Cuando cursaba el segundo año de los estudios secundarios, pasó lo que inexorablemente debía pasar. Un viernes sus padres le avisaron que no irían a buscarla, le propusieron que regresara en colectivo, ella prefirió quedarse en el lugar en donde estudiaba. El sábado por la mañana recibió la visita de la Monjita, ésta se había alegrado mucho al enterarse de que no hubiera viajado.

La invitó a concurrir a sus aposentos, cosa que estaba prohibida por los estatutos del lugar, por la tarde, cuando la Madre superiora se ausentara para ir a visitar a su familia. Rito que cumplía, puntualmente, todos los fines de semana.
Cuando se reunieron, ambas, se sintieron felices, llevaban años juntas, pero nunca habían tenido la posibilidad de compartir algo en soledad. Hablaron de generalidades y se contaron episodios de sus respectivas vidas.

En un momento dado la Monjita le preguntó, "¿Qué te gustaría hacer?. No te olvides que en el convento quedan solamente las monjas mayores y a esta hora están reunidas en la sala de juegos jugando a las cartas y fumando. Se lo pasarán toda la tarde ahí, así que bien podríamos disfrutar este tiempo libre". Se lo dijo con cierta intencionalidad, que no fue recepcionada por su acompañante. La alumna pensó unos momentos, luego de los cuales le dijo: "La verdad, la verdad. . . me gustaría tomar un baño, el jueves no pude hacerlo y con esta mugre hasta el martes no me aguanto". "¡Fantástico! Así lo haremos y utilizaremos el baño privado de la directora, es una barbaridad que si no te bañas los martes o los jueves te pases una semana esperando. La directora es una miserable". Dicho esto la tomó de la mano y la condujo hasta el lugar elegido, lo hicieron, sigilosamente, por unos pasillos alejados de la sala de juego, para evitar ser vistas.

El baño privado y el dormitorio de la directora estaban alejados de este sitio.
La Monjita se encargó de cerrar bien las puertas, aunque antes tomó los recaudos para ver si alguien rondaba en las inmediaciones. Cuando quedaron solas la religiosa le propuso: "Yo también me daré un chapuzón". Resueltamente abrió los grifos del agua caliente para llenar la bañera. Parada delante de Enriqueta comenzó a quitarse los hábitos y en segundos quedó totalmente desnuda. "¿Y, que esperas, o te bañarás vestida?". Le preguntó para que la imite. La alumna permaneció como paralizada por la sorpresiva actitud de la religiosa. "Hermanita, no sé si debo", balbuceó. Al verla dubitativa, la religiosa se le acercó y comenzó a desabrocharle los botones de la blusa, previamente le había depositado un beso en la mejilla para darle confianza. Luego le quitó el corpiño y quedaron expuestos los senos de la casi niña, que confundida, solo atinó a cubrirlos con sus manos. "Ven no tengas vergüenza, aquí estamos solas y nadie nos ve". "Sí. . .pero Dios".
Intercaló una excusa Enriqueta, ahora consiente de la situación. "Dios estará ocupado en otros menesteres más importantes, que mirarnos a nosotras, pequeñas pecadoras", le respondió la Monjita, a la vez que se le acercó más, de tal forma que ya los cuerpos de las dos mujeres se rozaban.

El bao producido por el vapor del agua que las envolvía, tornaba el momento mucho más sugestivo. La profesora de dibujo, separó los brazos de su acompañante y la abrazó sutilmente. Sus labios se apoyaron en el hombro desnudo de su inerte amiga, no obstante, a pesar de esa inercia, notó que la piel, de ésta, se erizaba, al percibir el contacto de sus labios. Sus manos, entonces, al no encontrar resistencia comenzaron a friccionarles los pequeños pero firmes senos. Escuchó entre la bruma un profundo suspiro de la alumna, que solo atinó a cerrar los ojos y a dejarla hacer.
Ahora los labios, al bajarse todas las barreras, se fusionaron en un dulce y suave beso, luego, la Monjita, deslizó su boca hacia los senos y en camino descendente quedó arrodillada apoyando su boca en ese canal profundo y virgen, ubicado entre las frágiles piernas, ahora entreabiertas y permisivas de su acompañante.

Sus manos aprisionaban con fuerza las nalgas de ésta y experimentó un mágico placer, cuando notó que las manos de su "contrincante" la tomaban de la nunca y la apretaba con fuerza contra el vientre. Esta relación duró por más de un año, hasta que una tarde las sorprendieron besándose, en la sala de música. Tiempo más que suficiente para confundirla, definitivamente, a Enriqueta en el intrincado mapa de los sentimientos.
Así nunca, a pesar de su sugestiva belleza, consideró en ponerse de novio y casarse aunque las ofertas le sobrarían. La directora trasladó a la profesora a otro establecimiento y a Enriqueta fue aislada en una sala, lejos de sus compañeras, no sin antes recomendarle que se abstuviera de hacer comentarios sobre este incidente: "En este claustro la ropa sucia la lavamos entre nosotras, entendido", la apercibió la superiora temerosa que se pudiera dañar la reputación del establecimiento si estos acontecimientos tomaran estado público.

Poco tiempo durmió sola en esta sala, que estaba preparada para dos internas.
Una mañana la directora golpeó a la puerta y cuando la abrió, vio a una nueva alumna que la acompañaba. "Desde hoy, ella será tu compañera de dormitorio", le dijo la máxima autoridad del colegio. Cuándo quedaron solas se saludaron, "¿Cómo té llamás?", Le preguntó Enriqueta, animada por la novedad. "Celeste". Le respondió la recién llegada.

Estos y otros acontecimientos recordaba Enriqueta mientras esperaba a sus amigas, para tomar el té y no pudo evitar, al evocar a Doña Celeste, que dos lágrimas escaparan de sus ojos.

Observó el viejo almanaque y se preguntó: "¿Por qué no lo habré tirado si ya pasaron seis años desde que lo colgué?". . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Celeste no tuvo una infancia feliz. Hija de una mucama nunca supo a ciencia cierta quien fue su padre, hasta que su madre en el lecho de muerte se lo confesara. Su padre fue el hacendado que la tenía como empleada a su bella madre, pero nunca la reconoció. Hombre casado e integrante de las altas esferas de la sociedad, prefirió mantener oculto esta relación para evitar el escándalo, no obstante siempre se preocupó por ella. Haciéndola estudiar en la mejor escuela del pueblo y luego mandándola pupila a un instituto de Monjas. Ahí aprendió, lo que luego sería su profesión, la costura y confección de vestidos.

Al enfermar su madre su padre quiso asegurarle su futuro y a su pedido le compró una casa en el Pueblo que vivía Enriqueta que ella conocía bien por que ésta, muchas veces, la invitó a pasar los fines de semana cuando eran estudiantes.
Con Enriqueta mantuvo una relación muy especial, comenzó en la escuela cuando compartieron el dormitorio y se mantendría en el tiempo. Aunque este secreto de a dos fue guardado en un cofre con siete candados.

Todo comenzó una noche de un frío mes de junio, cuando luego de cenar y acostadas ya, le dijo a su compañera que experimentaba escalofríos. Esta se incorporó y se metió en la pequeña cama junto a ella. La tomó de la cintura y la abrazó: "Ahora se te pasará", le susurró. Los pezones punzantes de Enriqueta se aplastaban contra la espalda de Celeste, que sentía como las manos de su "visitante", recorrían sus muslos, luego sus caderas y por último sus senos. Experimentaba una sensación ambigua, entre el rechazo y la aceptación. Pero cuando Enriqueta se quitó el camisón y le sacó el suyo, las carnes aterciopeladas, ahora calientes, se rozaron suavemente y fue en ese momento cuando perdió el control. Experimentó por primera vez una excitación que no le era conocida. Instintivamente apoyó su ano sobre la generosa cavidad que le ofrecía su amiga y sintió que sus ovarios se inundaban con ese jugo que genera el placer. Enriqueta la dio vuelta y sus cuerpos quedaron enfrentados.

Sus labios se buscaron y se rozaron, luego las lenguas jugaron en el patio de la lujuria. Las piernas se entrelazaron, el contacto suave, primero, se tornó más salvaje, el choque de los cuerpos, al encontrarse, fue intenso, los orgasmos se sucedieron en cadena, tanto en una como en la otra.
Los pezones erguidos, por la excitación, encontraron un lugar común y así pasaron más de dos horas en cóncavo y convexo. En un momento dado, Enriqueta le dijo: "Debo volver a mi cama, puede entrar la hermana serena y se pudre todo, ya me pasó con la Monjita y no quiero que me pase contigo". "No te vayas, esto fue delicioso", le suplico Celeste, tratando de retenerla, pero su amiga ya había partido.

Permaneció pensativa, por que repiqueteaban en sus oídos el comentario referido a la Monjita. Ya se lo preguntaría. La relación perduró lo que su vida. Fue ella la encargada de organizar las tertulias de amigas, se sentía complacida con sus amistades, pero la vida para ella no había sido fácil, tarde comprendió que el amor que experimentaba por Enriqueta no podía dar frutos.

Tener hijos fueron sus deseos frustrados y comprendió que la vida así no tenía ningún sentido. Seguir en ella era vegetar y esperar la muerte. Por eso fue a la farmacia, un día cualquiera y compró los tranquilizantes y ya no la esperó a la muerte, fue en su busca. Ese jueves, desde su morada eterna, Doña Celeste decidió regresar. "Tengo muchas cosas de que hablar con mis amigas", reflexionó. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Superadas del susto que le produjo la llegada intempestiva de Doña Celeste enmarcada en el rayo de luz fosforescente, fue Doña Enriiqueta, que regresaba de la cocina, la primera en hablar. "¿Qué hacés aquí, o acaso no estás muerta?.

Seguro que lo estoy y Ustedes ¿qué?. O piensan que siguen vivas. Están tan muertas como yo". Las mujeres se miraron asombradas ante la revelación de la aparecida. Emancipación que había avanzado unos pasos se detuvo, las tres se acercaron y trataron de tocarse y comprobaron que no lo podían hacer.

Observaron que los manteles ya no eran tan blancos y que los cortinados no relucían como siempre y que el cuadro acumulaba polvo en demasía. Las alfombras lucían húmedas y deshilachadas por el paso del tiempo. "Podemos admitir que tengas razón, pero entonces, ¿a qué has venido?". Le preguntó curiosa Doña Matilde. "Yo fui la iniciadora de estas tertulias y como hoy será la última reunión, me pareció bien venir y decirles algunas cosas y sobre todo efectuar una autocrítica a nuestra relación, dominada por la hipocresía". "¿De qué hipocresías hablás si nuestra amistad fue sincera?". Le preguntó en tono de reproche Doña Enriqueta, más que molesta. "Ya que hablaste comenzaré por ti, por nosotras. Nunca le comentamos a ellas de nuestra relación, que se inició en el instituto, debajo de las frazadas un día de frío, que continuamos en este pueblo y que organizamos las tertulias, para disimular nuestros encuentros. Que vos me iniciaste, luego de la experiencia que viviste con la Monjita. Que nuestro mayor divertimento consistía en entreternernos con esos "aparatitos" sexuales que guardabas bajo llave en el mueble de tu habitación". Las otras dos mujeres no podían creer lo que estaban escuchando. Doña Matilde se recompuso para decirle: "No puedo creer que nos hayan ocultado esta relación espuria y anticristiana, menos vos Enriqueta, que siempre te deposité toda mi confianza".

"Mirá querida", la atajó la recién llegada, "esta relación fue del mismo signo de la que tu padre mantuvo con la jovencita que destruyó tu hogar y la que vos mantuviste con el marido de Emancipación y de la que nunca se habló aquí. Aunque ambas lo sabían". Doña Emancipación intentó hablar, pero Doña Celeste la contuvo: "Vos también tenés tu cuota de inscripción paga al club de las hipócritas. No fuiste capaz de encararlo a tu marido y ponerlo "patitas" en la calle por sus reiterados engaños. Le toleraste todo para mantener una posición en esta podrida sociedad pueblerina. Naciste pobre y moriste pobre en dignidad, eso fue lo peor. Lo primero fue congénito, lo segundo adquirido". "¿ Y vos no tenés de que arrepentirte?". Le espetó, interrumpiéndola, casi indignada Enriqueta. "De todo". Resumió Doña Celeste. "!Quiero precisiones! Le dijo casi a los gritos Doña Matilde, que no toleraba la irrupción inesperada de doña Celeste. Con voz calma la aludida le respondió: "Desde chica, pretendí formar un hogar y una familia, que nunca tuve, una legítima aspiración que les oculté. Mi madre fue sirvienta y yo hija natural del estanciero que la empleaba, nunca reconocida. Conocí el amor en brazos de Enriqueta y lo mantuve en el tiempo. Tarde me di cuenta, como dice el tango, que no daría frutos. Cuando me percaté que mi vida no tenía sentido, terminé con ella.

Mi muerte no fue natural, fue planificada, compré unos tranquilizantes y tres meses después los ingerí y mi muerte pareció normal. Yo fui fundadora de estas tertulias y ahora las clausuro, me iré y ustedes harán lo propio y alguien sabrá si alguna vez nos volveremos a encontrar". "¡Sí!, Dios lo sabe". Gritaron al unísono Doña Enriqueta y Doña Matilde, fieles a su creencia. Por respuesta obtuvieron una sonora carcajada de Doña Celeste, que antes de partir les dijo: "Ustedes ni de muertas cambian". La sala volvió a quedar en soledad y en penumbras, como ocurría desde el fallecimiento de Doña Enriqueta, acaecido seis años antes.

La puerta principal comenzó a abrirse lentamente, ingresó un grupo de tres personas. Una dama de unos cuarenta años oficiaba de "guía" y llevaba la voz cantante, los otros dos, una pareja la escuchaban con atención: "Aquí vivió mi tía solterona, a quien traté muy poco. Murió hace seis años. En esta casa eran tradicionales las reuniones que, religiosamente, todos los jueves hacía con sus amigas. Dicen las matronas, que a pesar de estar todas muertas se seguían reuniendo. Cuentos de fantasmas de un pueblo chico, hoy casualmente es jueves y ya ven no están".

El matrimonio, que pretendía comprar la vivienda, sin responderle, se dirigió a observar el viejo cuadro, que colgaba en la pared. A la sobrina de Doña Enriqueta le pareció escuchar como un zumbido que provenía de la cocina. Hacia allí fue. Casi pega un grito cuando observó que en una hornalla de la cocina una pava, arrojando vapor por el pico, era la causante del ruido que había concitado su atención. Sin pensarlo la retiró y la apoyó sobre la mesada. A un costado de ésta había una bandeja con tres tazas listas para preparar el té, con los saquitos incluidos. Una fría transpiración le corrió por la frente, se la secó con la manga de su blusa y resueltamente tomó la bandeja y la guardó en una alacena. Estupefacta, por lo que acababa de ver, decidió regresar, no sin antes mirar hacia el patio, estaba todo en orden. Cerró fuerte la puerta de la cocina y fue hacia los compradores, que ahora observaban a través de la ventana el limonero. "Que se arreglen ellos", pensó y comenzó a hablarles nuevamente.

El almanaque que colgaba de la pared, en un rincón, se cayó. Los tres se sobresaltaron por ese motivo, girando sus cabezas hacia ese lugar, pero siguieron en lo suyo.

JULIO CESAR QUEREJETA. Mayo de 2003

-EL TRANVIA DE LA SEIS-


. . ."Me siento feliz, serena, cuando por fin, subo al tranvía de la seis. ¿Sabe Usted que es un tranvía obrero?.
Pero eso no me produce miedo; me siento muy cerca del pueblo; y habiéndome separado de él, ¿acaso no me acerco a él de esta manera?". . . Dichos de la señora Courréges, personaje de la novela "El desierto del amor", del escritor francés Francois Mauriac.
Cuando nos enteramos que el "buenazo" de Bill Clinton, bombardeó, en su oportunidad, al "malo" de Sadam, para disimular y atrasar el juicio al que sería sometido por sus deslices sexuales, matando a niños y mujeres indefensas, para salvaguardar su cargo.

Que su sucesor, hizo lo propio en Afganistán e Irak, para justificarse ante la sociedad de su nación, por haber permanecido en las mejores de la siestas, mientras los aviones viajaban raudamente en busca de las Torres Gemelas.

Que en nuestro país nunca se le pueden aumentar los magros haberes a los jubilados, mientras la clase política disfruta de las mieles del poder sin escatimar gastos.

Que los ministros, senadores, diputados y los secretarios, cuando viajan al exterior, lo hacen en compañía de familiares y amigos como si se tratara del mejor de los tours turísticos, oblados, como no podía ser de otra forma por todos los contribuyentes del país.

Que para estos gastos superfluos siempre hay partidas, pero no aparecen cuando se trata de mejorar los sueldos de los docentes, que son los encargados de preparar a nuestros hijos para enfrentar el futuro con un mínimo de posibilidades.

O cuando nos informan que en las campañas políticas se consumen centenares de millones de dólares, para escuchar a los candidatos vitalicios diciéndonos sus mentiras de rigor.

O que los chicos de la calle son cada día más y que ante la carencia de trabajo se acercan con más facilidad a la delincuencia.

Que a pesar de los avances tecnológicos se agranda la brecha entre países pobres y ricos, sufriendo los primeros en carne propia una constante y creciente desocupación.

Que los hospitales públicos se ven superados por el número, cada día más creciente de pacientes, ante la imposibilidad de cumplirles a las prepagas.

Que familias enteras sobreviven al borde del abismo en una marginalidad vergonzante.

Que la salud y la educación han pasado a ser "bienes suntuarios", que con el correr del tiempo serán consumidos por unos pocos privilegiados.

Que la droga, dentro del mismo marasmo, se vende como golosinas en las puertas de los colegios y pasa desapercibido, curiosamente, para las autoridades encargadas de reprimir estas actividades.

Que la seguridad en las calles se ha vuelto una utopía.

Que los secuestros de personas ya no se consideran un delito sino una ocupación rentable para tanta mano de obra desocupada.

Que los miembros de la suprema Corte de Justicia, nominados a dedo para satisfacer las necesidades jurídicas del gobierno Menemista, levantan la mano e imparten justicia, no de acuerdo con los códigos sino con las necesidades de sus patrones.

Que en el capitalismo suigeneris vernáculo, las inversiones en el campo de las empresas privatizadas, no se considera el riesgo empresario, sino que son solventadas por los usuarios.

Que el neo-liberalismo internacional, al mando del poder real, no comprenda que sus recetas en el campo de la economía han fracasado rotundamente y que los que menos tienen, son cada día más y menos los que más tienen.

Una desigualdad calamitosa que lo único que puede lograr es sembrar el odio entre los seres humanos que la sufren.

La perversa globalización engendrada en provecho de unos pocos, comenzará más temprano que tarde a hacer agua por los cuatro costados y recién caerán en cuenta de semejante despropósito cuando comiencen a sufrirla los países del llamado primer mundo.

Nosotros le avisamos del pozo, ahora, no mañana cuando se ahogue la criatura. De la crisis del año 1930 se salió de la mano de grandes estadistas, que pululaban por el mundo. Hoy desgraciadamente estos no abundan, es más, son una raza en extinción. Solamente por aquello de privilegiar lo cuantitativo sobre lo cualitativo, se han vuelto egocéntricos, egoístas y por ende inútiles para la gente. Para muestra sólo basta echar una mirada retrospectiva en nuestro país. ¿Vio alguno?. Avísenos. Resumiendo: La Biblia junto al calefón.

Que bueno sería que los responsables de manejar los resortes del poder, se suban de vez en cuando, como lo hizo la señora Courréges, al tranvía de la seis y escuchen atentamente las sabias palabras y comentarios de sus ocupantes, que son hombres y mujeres grises, pero de carne y hueso, de nuestra sufrida sociedad.

Correlativamente se hagan cargo de sus preocupaciones, que deberían ser comunes a todos.
Se nos olvidaba: Que no sientan miedo por treparse a este medio de transporte, como lo hizo nuestra augusta señora de la ficción, porque seguramente, como ella, nada malo habrán hecho para ello. ¿O SÍ?.

JULIO CESAR QUEREJETA

-CAMALOTAGE-


El abuelo y su nieto, contemplaban desde la costa del río, como la corriente arrastraba a muchos camalotes ataviados con su mejores ropas, conformadas por bellas flores azules que enriquecían la belleza del paisaje.

-Abuelo, ¿qué son esas plantas que flotan en la superficie del río?.
-Son camalotes, es muy común verlos en los ríos de esta región, juntos como lo ves, forman lo que los lugareños llamamos un camalotage. Le respondió el abuelo con su peculiar vos de fumador. -¡Qué bueno sería poder tomar esas flores azules, que transportan!, exclamó el niño fascinado por el colorido de las mismas. Sería interesante pero peligroso, porque a veces en las bases de los camalotes se refugian víboras, cuya mordedura podría ser venenosa.
También arañas ponzoñosas y otras alimañas. Lo mejor es contemplarlas, admirar su belleza y dejarlas morir en su hábitat. Lo aleccionó el hombre que había transcurrido casi toda su vida cerca del río. -Quiere decir, si no entendí mal, que la belleza está a la vista y aquello que no se ve, puede ser peligroso. Agregó el niño convencido que su abuelo hablaba con propiedad. -Así es. Concluyó el abuelo satisfecho porque su nieto había aprendido la lección

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Cuando firmamos una póliza de seguros, rara vez leemos su contenido, en especial el que viene en letra chica. Nos quedamos con los argumentos del vendedor y los damos por ciertos. Después a la hora del siniestro vendrán las sorpresas, por conducirnos de esa apresurada manera.

Otro tanto ocurre con los contratos de la medicina pre-paga, que a la hora de la verdad , siempre nos exigen pagos extras.

Cuando del exterior llegan palabras elogiosas de las instituciones crediticias, barata liturgia que sin embargo embriaga a nuestros funcionarios, creemos haber tocado el cielo con la planta de los pies y no tomamos conciencia, que cuando ellos están contentos, nuestra población no puede compartir ese jolgorio, más bien debe sufrirlo.

Siempre sería bueno saber que esconden tantas rimbombantes palabras, antes de festejar. Cuando los gremialistas luego de un paro, que ellos siempre consideran exitoso, se manifiestan en cuanto micrófono les acercan, con entusiastas enunciados, alegando que todo lo que ellos hacen es para mejorar la condición social de los asalariados, generalmente están faltando a la verdad. Los que sabemos leer abajo del agua y sin gafas, entendemos que se están justificando, ellos sólo pretenden mantener sus privilegios, con el viejo y nunca abandonado sistema, nunca revelado, que los otros pueden esperar.

En cada oportunidad que un ministro de economía, nos "ladra" anunciando pomposamente que este será el último ajuste o impuestazo, estas palabras nos suenan como bellas y peligrosas flores, que aconsejamos no arrancar y menos aún colocarlas en nuestros floreros.
Por las dudas. ¿Vio?. Porque al poco tiempo de andar, nos encontraremos que ya están "relinchando" nuevas propuestas, superadoras de las anteriores, claro está, y siga el corso.

Nada más espléndido y mentiroso que un político en campaña. Con sus floridos discursos llenos de promesas que nunca cumplirán. Vaya uno a saber que alimañas se esconden detrás de estas deplorables actitudes. Lo difícil se vuelve fácil, lo negro blanco o en el peor de los casos rozado, pero nunca gris. Nada es imposible, todo es posible en el campo de la verborragia. Siempre recordamos las "sabias" palabras del anciano ex presidente y ex presidiario Carlos Menem, cuando en un reportaje dijo: "Que si le decía a la gente lo que pensaba hacer, nunca lo hubieran votado". Lindo espécimen este pequeño riojano. Nosotros nunca lo pondríamos en nuestra mesita de luz, y . . . ¿Usted?.

La prevención, de la que nos hablaba el abuelo en la fábula del comienzo, debe ser siempre tenida en cuenta en la coteneidad de nuestras existencias. No debemos permitir más, que nos metan gatos por liebres. Ya una vez les cambiamos nuestras riquezas por unos espejitos de colores.

Exijamos letras bien grandes y si fuera posible, con luces de neón.
La mentira debe ser erradicada, la solidaridad reinstalada en el seno de nuestra castigada sociedad. Si nos tienen que decir que la mano viene dura y que si hay un culpable, por la situación que nos toca transitar, son ellos mismos, lo sabremos apreciar y a que atenernos en el futuro. Los pueblos no se equivocan, es un viejo axioma, cuya regla general no siempre se observa, porque tiene un corazón y a veces los sentimientos nos hacen andar por caminos equivocados y compañeros de ruta mal elegidos. Aunque siempre, más tarde o temprano, hemos sabido encontrar el destino que pretendíamos. No nos engañen más, siempre que vengan con buena leche le sabremos extender la mano amiga, caso contrario nos veremos en la obligación de decirles de cualquier manera, sea por las buenas o por las malas. "QUE SE VAYAN TODOS" y créanos que este es el peor de los remedios.

JULIO CÉSAR QUEREJETA

 
-ARBOLES-


Mi abuelo fue el tronco de mi familia, de uno de sus gajos creció mi padre y yo, a su vez, me convertí en árbol de un gajo fértil de mi progenitor. Así conocí: La luz que me brindó la fuerza para crecer. El canto de los pájaros, alegres porque alimentaban a sus polluelos, que con el paso del tiempo se largarían a volar. El agua bendita que se precipitaba sobre las campiñas, regando los sembradíos, cuyos frutos madurados por el calor emanado del sol, se convertirían en alimento. El firmamento poblado de estrellas, de cuya existencia, hasta hoy, los científicos poco y nada han podido develar, pero si en él, han abrevado los poetas para contarnos sus misterios y entrelazarlos, para dejarnos tiernas historias de amor.
Mucho más cerca la luna, con sus reflejos prestados, pero siempre admirada.
El honor de nuestros próceres que se brindaron para dejarnos una país en marcha.
El egoísmo de algunos y la solidaridad de muchos.
A falsos estadistas que se apropian del poder de la mano de la mentira, para satisfacer sus bajos instintos.
El dolor, por las guerras intestinas y sus miserias, con su secuela de muerte y desesperanza.
El canto del poeta y el dolor de la madre al ver a su hijo partir.
La muerte y la vida.
La riqueza espuria de aquellos que trocan el amor por el oro.
La pobreza digna de un labrador, que con su trabajo y magros ingresos sostiene a su familia unida, para envidia de los poderosos que mueren en soledad.
La línea del horizonte en el mar, infinita e imposible de alcanzar.
Los senderos que se bifurcan y se pierden sin dejar señas.
La mentira como arma y la deshonestidad como emblema, de los que lastiman al planeta.
A los que adoran ficticiamente a sus dioses, por el solo hecho de justificar sus felonías.
Repitiendo como loros todos sus legados, pero quebrantándolos en cada una de sus acciones.
Los que cambian los sentimientos por la hipocresía, destruyendo toda la cadena de afectos.
A los que se dicen amigos, pero anteponen los intereses materiales a los del espíritu.
A los que viven de rodillas para no enfrentar a aquellos que los tienen dominados, cobardes que a todo dicen si porque carecen de la valentía y atributos para enfrentarlos con el no.
A los que permanentemente proclaman el bien haciendo el mal.
A los que con el martillo y el yunque forjaron su imagen, digna de imitar.
Al ladrón y al honesto, entremezclados en este cambalache de la vida que al final no se sabe quien es quien.
Al hombre y la mujer solidarios, que sacrifican sus vidas en beneficio del prójimo.
A la madre soltera, que aún con sus carencias abraza, ama y educa a su hijo.
A los que cuantifican, ¿cuánto tenés, cuánto valés?. Olvidándose de los valores.
Al maestro que me enseñó y me preparó para enfrentar a la vida con alguna ventaja, partiendo de la primitiva premisa, no siempre observada, que los conocimientos son la base del crecimiento de cualquier persona y la sumatoria el de una nación.
El legado, en esta materia, de Sarmiento con sus sabias palabras, mil veces recordadas por los adoradores del poder, pero nunca puestas en vigencia: "Si se cierran escuelas, se construirán cárceles".
Al vino y el pan, emblemas de la cristiandad y al hombre: que alguna vez fue el epicentro de la creación y que hoy se ve sometido al imperio de las máquinas, caprichoso dilema a superar.
Al amor y al odio, la abundancia y la mezquindad, el frío y el calor, el hambre y la sed y la capacidad intrínseca del saber para poder elegir, aunque nos equivoquemos.

Seguramente de mis gajos, surgirán otros troncos para formar el bosque y solamente espero que sepan colegir entre el mal y el bien, optando por este último. Y yo en el otoño de mi existencia, veré como mis hojas se desprenderán de mis ramas y en turbulentos remolinos de hojarascas se alejarán sin rumbo fijo, encontrarán el que la sabia naturaleza le indique.

No habrá más tiempo, por largo que parezca el recorrido, siempre nos resultará escaso. Muchísimas cosas nos quedarán pendientes, pero nos sentiremos conformes, si al menos pudimos llevar a buen puerto, con hidalguía, algunas de aquellas que intentamos.

Lentamente e inexorablemente nos dirigimos al olvido, de nosotros solamente, dependerá que lo demoremos. Lo trascendente permanecerá en el consciente colectivo de quienes nos sucedan. Lo sustantivo vencerá a lo anecdótico, el sujeto si no tiene un buen predicado, fenecerá en el intento.

Son máximas, pero mínimas a seguir si no pretendemos convertirnos en pequeñas e insignificantes partículas de polvo.

Que nadie se engañe: por siempre, aunque tarde, el mal será vencido por el bien; la intolerancia por el amor; la hipocresía por la verdad; el egoísmo por la solidaridad, la injusticia por la justicia y la codicia de unos pocos poderosos por la sana distribución.

A no equivocarse, no sólo en las películas triunfan los buenos, aunque en la vida real, a veces, los efectos se mimeticen y los resultados deseados tarden en llegar.
De mi tronco seco y sin posibilidades de vida, como ya les dije, saldrá algún gajo fértil que me sobrevivirá y también las astillas que luego se convertirán en llamas, de éstas las cenizas que serán esparcidas por el viento a su buen entender, como seguramente sucedió con las el de mi abuelo y las de mi padre.

Después el olvido o el recuerdo, pero esa contingencia ya no dependerá de mí.

JULIO CESAR QUEREJETA / 6 de junio de 2002.