A partir de la gran inmigración iniciada
alrededor de 1870, incrementada notablemente desde 1880 hasta principios
del siglo XX, los vascos tuvieron presencia mayoritaria en el Partido
de Ayacucho, especialmente en la zona rural.
Tal vez porque tiempo atrás poblaban la región
apellidos patricios de rancia estirpe vascuense como LEZAMA, EZCURRA,
IRAOLA, ANASAGASTI, que habían avanzado pampa adentro en la
primera mitad del siglo XIX.
Pero también la formación rural e idiosincrasia
del pirineo incidió en el establecimiento de esta noble raza
en los campos interminables de AYACUCHO.
Pastor por siglos en la alta montaña, cuidando
cabras y ovejas; austero, duro y sufrido; era el prototipo ideal para
meterse en el infinito de la pampa y hacerse cargo de cantidades de
ovejas como nunca pensó en su país.
De un rebaño de no más de 10 a 15 animales
que pastoreaban montaña arriba allá en la península,
pasó a tener manadas de miles de animales.
Del magro producto obtenido por el ordeñe y la
elaboración de quesos en su villa natal, llegó a crear
ovejas a campo abierto "al tanto por ciento", el trato liberal
que le ofrecía el dueño de la estancia poniendo el campo
y las madres, con la mitad de los corderos para cada parte.
De esta forma, acostumbrado a vivir como vivía,
casi sin gastos, en pocos años se vio propietario de miles
de animales. Como seguía ahorrando, en otros pocos años
compró estancia; y los más atrevidos y con más
suerte adquirieron más campo todavía.
Otros abrieron casas de comercio en algún recodo
de los caminos, las famosas "esquinas de campo" donde se
vendía de todo, se compraban productos de la zona (lana, cueros,
animales, etc.), ofrecían hospedaje y eran un "banco"
para los vecinos.
Este es el origen de la gran cantidad de vascos estancieros
en AYACUCHO.
La característica vascuense predomina aún
en las actuales generaciones de descendientes.
Económico, frontal, porfiado y de una nobleza admirable en
la que hace valer aquello de que "su palabra es un documento".